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Libertad, justicia y derechos humanos en Parashat Mishpatim

Por el Rabino Moisés Chicurel


Parashat Mishpatim llega inmediatamente después de la entrega de los Diez Mandamientos y, de forma sorprendente, no continúa con relatos épicos ni grandes visiones proféticas, sino con una larga serie de leyes muy concretas: esclavos, daños, dinero, responsabilidad, cuidado de los más vulnerables. Justo ahí, en lo que podría parecer un “código civil antiguo”, la Torá coloca el corazón de su visión sobre la libertad, la justicia y la dignidad humana.


Hoy hablamos con mucha naturalidad de derechos humanos, libertades individuales y justicia social, hasta el punto de que nos parecen conceptos obvios. Pero durante siglos, los “derechos” de una persona dependían casi exclusivamente del poder de alguien por encima de ella: un rey, un señor feudal, un emperador. La Torá introduce en ese mundo una afirmación radical: el ser humano tiene valor y dignidad por el mero hecho de haber sido creado a imagen de Dios. Esa dignidad no depende del rango social, ni del dinero, ni de la fuerza militar, ni de la simpatía que despierte. Es intrínseca. Desde ahí se desprenden tanto derechos como responsabilidades.


Para hablar de justicia no basta con la opinión personal ni con la costumbre del momento. Igual que para medir un metro o un kilo necesitamos una medida patrón, también la justicia requiere un punto de referencia. Si la “barra” con la que medimos está torcida o desgastada, todas las mediciones resultarán erróneas. Si nuestro criterio de justicia es únicamente el interés del más fuerte, de la mayoría o del mercado, el concepto de justicia se vuelve frágil y manipulable.


Desde la perspectiva del faraón de Egipto, por ejemplo, no había nada injusto en mantener a un pueblo entero como fuerza laboral esclava. Las leyes de su imperio lo autorizaban y la ideología de su tiempo lo respaldaba: el faraón era considerado una divinidad en la tierra. La Torá nos enseña a mirar la historia desde otro lugar: no desde el palacio del faraón, sino desde la mirada de Hashem y desde la situación del esclavo. Mishpatim traduce esa mirada en normas concretas: la prohibición de oprimir al extranjero, la viuda y el huérfano; la obligación de responsabilizarse por los daños causados; los límites al poder del empleador; la regulación de las deudas; y toda una serie de disposiciones que tienen un hilo común: la justicia no se define según la conveniencia del poderoso, sino según la dignidad de cada ser humano.


La salida de Egipto nos enseñó a identificar la esclavitud externa: la opresión visible, el trabajo forzado, la ausencia de derechos. Pero la Torá no se queda solo ahí. Nos obliga también a mirar una esclavitud más sutil y, en muchos casos, más peligrosa: la autoesclavitud. Una persona puede vivir en un país libre, con derechos garantizados, y sin embargo estar interiormente encadenada a la necesidad de aprobación social, a hábitos destructivos, a la cultura de la inmediatez, a compulsiones que nunca ha cuestionado. Cada vez que renunciamos a la reflexión, a la responsabilidad y a la visión de largo plazo para seguir únicamente el impulso del momento, nuestra libertad se vacía de contenido. Conservamos el discurso de la libertad, pero no su ejercicio real.


En ese contexto, no es casual que Mishpatim abra precisamente con las leyes del siervo hebreo. La Torá no legitima la esclavitud como institución absoluta; por el contrario, introduce límites, tiempos, derechos y condiciones que dignifican a la persona. No es todavía la abolición total, pero sí es un movimiento claro en esa dirección: el servicio tiene un plazo, el esclavo no puede ser tratado como objeto, su vida no está a disposición irrestricta del amo. En un mundo donde el individuo valía lo que su dueño decidía, la Torá empieza a educar hacia la conciencia de que cada persona es portadora de un valor propio. Siglos más tarde, el lenguaje filosófico del liberalismo hablará de “derechos inalienables”, pero la raíz de esa idea ya está aquí: el ser humano creado betsélem Elokim.


Un ejemplo particularmente luminoso de la contribución de la Torá a la libertad es Shabat. En la antigüedad, la noción de un día semanal de descanso general simplemente no existía. El trabajo continuo era lo normal y el valor de la persona se reducía a su capacidad de producir. Shabat irrumpe con una lógica distinta: todos descansan, incluso el siervo y el extranjero residente. No se trata de premiar al trabajador, sino de afirmar que el ser humano no es una máquina. Hay un espacio inviolable de tiempo en el que la persona no se define por lo que hace, sino por lo que es: hijo de Hashem, miembro de una familia, parte de un pueblo. Lejos de ser una renuncia a la libertad, Shabat es un ejercicio semanal de liberación frente a la presión económica, la exigencia de rendimiento constante y, hoy en día, frente a la esclavitud de la hiperconectividad y las pantallas.


Una parte importante del discurso moderno insiste con razón en los derechos humanos, pero a veces los separa de la dimensión de la responsabilidad. Mishpatim propone un equilibrio distinto: la libertad es real solo cuando se ejerce con responsabilidad; los derechos del individuo son fundamentales, pero no pueden servir de excusa para ignorar la dignidad del otro; el bien de la mayoría no justifica vulnerar sistemáticamente a personas concretas. En este sentido, conceptos como tzedaká no significan “caridad” en el sentido de dar si uno quiere, sino justicia: si yo tengo y el otro no, la Torá me recuerda que ayudar a esa persona a recuperar su autonomía y su capacidad de decidir forma parte de mi propia misión.


Hashem entrega al ser humano libre albedrío y, junto con él, una enorme responsabilidad. El estado del mundo no puede atribuirse únicamente a la voluntad divina; está profundamente marcado por las decisiones humanas. Cuando contemplamos injusticias, desigualdades o sufrimientos evitables, la pregunta que Mishpatim nos susurra es: ¿en qué hemos fallado nosotros?, ¿cómo estamos usando nuestra libertad?, ¿qué estructuras hemos creado o tolerado?


Aplicar Mishpatim hoy, en la vida comunitaria, implica revisar nuestros propios criterios de justicia a la luz de la Torá, preguntarnos si nuestras estructuras respetan efectivamente la dignidad de cada persona, cuidar que las normas no se conviertan en herramientas de poder sino en marcos de protección, y fomentar una cultura en la que las mitzvot se entiendan no como cargas arbitrarias, sino como caminos hacia una vida más plena y responsable. El estudio de la Torá es central precisamente por esto: quien estudia, pregunta y comprende puede vivir las mitzvot como una forma de liberación auténtica; quien renuncia a entender corre el riesgo de percibir toda norma como una limitación a su libertad y, paradójicamente, caer en otras esclavitudes más refinadas.


Mishpatim nos invita, como individuos y como comunidad, a pensar la libertad más allá del eslogan. Ser libres no es simplemente “hacer lo que uno quiere”, sino aprender a querer lo que construye, lo que respeta, lo que honra la dignidad que Hashem puso en cada persona. La justicia no es lo que conviene al más fuerte ni lo que marca la moda del momento, sino aquello que se sostiene frente a la mirada de Dios y frente a la conciencia de que el otro también fue creado a Su imagen. Que sepamos usar nuestra libertad para acercarnos, aunque sea un poco, a ese ideal: una vida judía donde la ley no oprime, sino que protege; donde los derechos no se declaman solo en discursos, sino que se ejercen y se cuidan; y donde, a través de nuestras decisiones, podamos contribuir al tikún del mundo y a una redención que no sea solo un regalo del Cielo, sino también fruto de nuestra responsabilidad.


 
 
 

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